Pequeñas discriminaciones

 Participando en el curso «Fundamentos sobre la igualdad de trato y la no discriminación», máxime cuando se describe como una experiencia de aprendizaje dinámica, es un ejercicio obligado el plantearnos si hemos sufrido alguna experiencia de discriminación.

La primera respuesta, la inmediata, es reconocer que no: soy un varón blanco sano criado en una familia de clase media bien estructurada; recuerdo mi niñez con felicidad y no soy consciente de haber «sufrido» la adolescencia; obtuve mi licenciatura sin apenas esfuerzo y me recuerdo siempre rodeado de amigos.

Soy, por tanto, una persona privilegiada que pertenece a lo que Andrea Parra llama un grupo sobrevalorado por la sociedad en contraposición a aquellos que sufren o han sufrido una situación de opresión.

Andrea Parra en TEDxLas Aguas
¿Qué hago yo con mi privilegio?

Sin embargo, en un ejercicio de introspección, si puedo recordar una situación en que pude experimentar dicha discriminación. ¡Ojo! Vaya por delante lo dicho anteriormente. No trato de banalizar las vivencias de tantos millones de personas sino poner en evidencia, en un ejercicio de empatía, que las circunstancias que afrontan a diario pueden y deben ser entendidas desde un prisma personal.

En mi caso sí sentí el señalamiento público y la estigmatización por mi pertenencia a un grupo, el recorte de derechos y el acoso debido a un desconocimiento generalizado como origen de un trato discriminatorio. Mi pequeño secreto es que soy un rolero, un aficionado a los juegos de rol y que lo fui en el peor momento en que pudiera serlo: la década de los 90. Entiendo que a algunos os pueda parecer risible que pueda considerar esto como una experiencia discriminatoria, pero a vosotros os hago notar que, en efecto, cualquier hecho diferenciador puede llegar a serlo.

Los juegos de rol son “partidas”, reuniones, en las que los jugadores participan en crear una historia desde un guion o una semilla determinada. En España se fueron popularizando a lo largo de la década de los 80 y hasta llegar al momento actual en que se tratan con total normalidad como herramientas en entornos empresariales, educativos e incluso terapéuticos.

Jerri Florez (2004)

Pero a principios de la década de los 90 ocurrió algo que lo cambió todo: el crimen del caso del rol (https://es.wikipedia.org/wiki/Crimen_del_rol). Dudo que cualquiera que viviera esa década no recuerde a día de hoy qué fue, pero de forma resumida diré que se trató del asesinato de un trabajador por parte de una pareja de jóvenes que se guiaron por unas estrictas reglas que ellos mismos habían inventado con el único objetivo de matar a una persona. Ambos fueron detenidos, juzgados y condenados por ese asesinato. El caso estuvo rodeado de una extraordinaria cobertura mediática y el foco se centró en si los juegos de rol habían provocado ese comportamiento perturbado en dos jóvenes sanos.

Por aquel entonces buena parte de mi ocio era el reunirme con mis amigos alrededor de una mesa para interpretar personajes en tramas inventadas por nosotros mismos (que es de lo que tratan estas partidas de rol). Durante la semana robábamos horas al recreo en el instituto para jugar un rato y los fines de semana nos reuníamos en un local cerca de mi barrio en el club Héroe, una asociación creada por nosotros mismos.

  • Tras las primeras noticias asociados a este crimen muchos de nuestros amigos se alejaron del club y del grupo, principalmente aconsejados por sus familiares: «los peores temores se confirmaban, mi hijo (o hija, sobrino o nieta) había sido captado por una secta, posiblemente satánica, que pretendía lavar el cerebro a sus seres queridos». Parece risible pero no lo es cuando es un discurso que se repetía prácticamente todos los meses. Alguien debía abandonar esta afición por la inquietud que generaba en sus allegados.
  • En la biblioteca se preguntaban si nosotros, esos jóvenes que no jugaban al fútbol y que leíamos sin descanso novelas y cómics, no éramos una suerte de nuevos quijotes desapegados de la realidad y, de nuevo, presa fácil para manipuladores y facinerosos.
  • El Ayuntamiento se negó a cedernos espacios para reunirnos en jornadas de rol, una suerte de convenciones en las que los distintos clubes de la región nos conocíamos e intercambiábamos ideas y experiencias. Sin el apoyo institucional simplemente desaparecieron. La Junta de distrito también nos cerró la puerta a esa pequeña sala en el centro cultural que podíamos usar los sábados por la tarde.
  • Y en cuanto a las relaciones sociales, bueno, decir que nunca fueron fáciles. Si en el instituto nuestros compañeros ya nos veían como empollones o raritos empezaron a tratarnos simplemente como a chalados.

La consecuencia, bueno, para muchos fue simplemente abandonar la afición. Para otros, como yo, enclaustrarnos; llevar dos vidas paralelas, dos grupos de amigos bien distintos; buscar actividades marcadamente distintas y hacer ostentación de ellas; no hablar de los juegos de rol a las personas que recién habías conocido y plantearlo poco a poco a los más cercanos.

Con el tiempo las aguas volvieron a su cauce. Los medios de comunicación encontraron otros temas por los que señalar a otros colectivos. Como ya he dicho el caso del rol se llevó a juicio y este concluyó y los juegos de rol se fueron normalizando fuera de un espacio estrictamente lúdico. Sin embargo, las viejas costumbres permanecen bien arraigadas: aunque sigo jugando casi todas las semanas, no es algo de lo que hable; aprendí que era algo de mi esfera privada y ahí ha quedado.

Bueno. Para acabar quería de nuevo decir que esta entrada no deja de ser un ejercicio introspectivo en el que he tratado de encontrar en mi experiencia esos sentimientos discriminatorios que, soy consciente, otros muchos han sufrido y siguen sufriendo de manera definitivamente más marcada.

JCab@2022

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