Discapacidismo, en primera persona.
Discapacidismo, en primera persona.
Desde mi ventanilla de servicio directo al público, soy testigo del paso de una buena representación de nuestra sociedad diversa.
Con cierto orgullo debo deciros que el área que dispone el
Ministerio para atención al ciudadano está bien adaptada a los ciudadanos con
discapacidad. Se trata de un amplio vestíbulo en el que trabajamos los
compañeros de Atención al Ciudadano y nuestra unidad de Registro. Tiene dos
accesos, ambos adaptados mediante ascensores de silla el primero y rampa el
segundo. Existe un servicio de bucle magnético; la cartelería y señalética
fueron diseñadas con el objetivo de ser fácilmente visible y reconocible; y los
aseos fueron igualmente acondicionados. Los compañeros de Atención al Ciudadano
dan servicio desde mesas bajas, y nosotros disponemos de un puesto de similares
características, aunque en principio usamos ventanillas altas.
La Sede electrónica del Ministerio, el área segura desde la
que poder hacer trámites y consultar expedientes se encuentra igualmente
adaptada, al menos en lo esencial con árboles de acceso bien definidos y
grandes iconos identificativos.
Hasta aquí todo lo bueno. Pero la realidad se mueve en una cierta
gama de gris.
El principal problema en el acceso de las personas con
discapacidad a los servicios de mi unidad es que ni siquiera intentan acceder a
estos servicios: creo que la Administración ha dificultado tanto hasta ahora su
atención que son pocos (por no decir ninguno) los que se atreven a acercarse a
realizar algún trámite. Son frecuentes las solicitudes que tienen que ver con
la concesión, renovación o revisión de los grados de discapacidad, las
solicitudes de beca o para el acceso a determinadas ayudas al estudio, pero con frecuencia (un eufemismo para no
decir siempre) son presentadas por algún familiar, representante o, más
frecuentemente, llegan por vía postal.
Las personas con movilidad reducida son las que más se
acercan a nuestras ventanillas y su atención no entraña, a priori, mayores
dificultades.
Las personas con discapacidades sensoriales o con un
desconocimiento completo del idioma suelen venir acompañadas de otras que les
guían y ayudan a interpretar lo que les decimos. La unidad no dispone de
documentos en otros idiomas, ya sean vasco, gallego, catalán, braille o inglés.
Sí se ha hecho un esfuerzo en que los formularios estén redactados en lenguaje claro, pero hay ciertos
documentos (como por ejemplo los de información) en los que esta barrera aún
existe. Por descontado, ninguno de mis compañeros, ni yo mismo, conocemos el
lenguaje de signos y sí sucede con frecuencia que tratemos de comunicarnos en
una mezcla de castellano y francés o inglés con ciertos clientes.
Y, quizá, la mayor barrera la encuentren las personas con
discapacidad intelectual, para las que la Administración trata de adaptarse,
pero, a mi juicio, sin mucho éxito.
Entiendo que fueron tales los impedimentos
con las que se encontró, en general, este colectivo que parecen escarmentados a
intentar siquiera acercarse de nuevo a nuestras oficinas. Una pena. Siempre
seréis bienvenidos. JCab’22.
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